—Si. Yo sé que no es excusa, pero ¿qué hacía? dime, ¿tú qué harías? tampoco nos pongamos tan intransigentes, no no no.¿Cómo iba a contestar? Ni que fuera un pecado dejar el celular en la casa, rara vez me pasa, no le veo ningún problema a eso. Deja de armar tormentas en un vaso de agua; ultimamente he tenido mucho trabajo y mil cosas en qué pensar como para que me salgas con esto.
No, no es que tú me salgas a deber, pero mírate, montando tremendo show por una tontería. Relájate porque así no podemos.
Ya sé, no es disculpa para no llamarte, sólo que por salir a las carreras esta mañana, se me quedó en la mesa de noche. Prefiero que se me haya quedado en la casa y no que se me olvidara cuadrar la alarma y siguiera durmiendo, pero ¡claro! como tú no madrugas ningún día, ni nunca llegas de afán ni vas a las carreras, ¡qué vas a saber de eso! Deberías ponerte en mis zapatos, o conseguirte más bien un trabajo para que sepas lo que se siente y dejes de andar molestándome.
Igual, cuando iba en el bus caí en cuenta que lo había dejado, pero ya qué, ya no me podía devolver a casa ¿o es que acaso tu le vas a poner la cara a mi jefe?
No, mi amor, hoy tuve reunión extraordinaria en el trabajo y no me podía salir a llamarte simplemente porque sí. No pensé que se fuera a demorar tanto, pero quién le dice algo al jefe. Qué quieres ¿le digo que se me quedó el celular en la casa y que voy a interrumpir su charla para ir a unas cabinas a marcar tarjeta? Noo, aterriza… ¡ni modo!
Si, me molesta, ni que tu fueras mi papá. Entiéndeme también tú, hoy tuve un día estresante y bien difícil, no tuve tiempo ni de almorzar y tu ni siquiera preguntas cómo me fue.
Ahora, permiso. Tengo mucha hambre y estoy cansada como para quedarme escuchando tus balbucerías—.

